jueves, 21 de octubre de 2010

AV 280

Las mesas para tomar café estaban ocupadas. Un piloto se sentó a mi lado con la misma orden que, minutos antes, yo había terminado. El café con leche no había sido tan glorioso como yo esperaba que fuera a las siete de la mañana y la alhohabana, aunque de buen sabor, estaba fría.

Yo esperaba su vuelo, el AV-280. Llevo una semana sin ella y la ansiedad por besarla está haciendo mella en mis buenas intenciones de respetar su libertad. Los aviones carreteaban frente a mí. Aún me sorprende el tamaño de estos aparatos. Soy como un niño pequeño, me gusta jugar con la ilusión óptica para simular que puedo manejar los carritos de carga como si fueran de juguete. Parecen pequeñas hormigas trabajando para la reina. ¿Cuántos sueños, pesares, ilusiones, amores, despechos, ausentes o despreocupados llevan estos aparatos de ensueño?, ¿El piloto de la almohabana fría y el café con leche desabrido hará conciencia de su carga?, ¿Cuánto demorará ella más en llegar?.

Veo carretear un avión rojo y blanco, mi corazón palpita como aquella primera vez que la besé. ¿Es su avión? No, no es el 280. ¿Dónde podré conseguir un rosa para recibirla?, o, ¿tal vez un pequeño peluche?. El bolsillo no ayuda, la almohabana y el café con leche me quebraron. Me preguntó si el piloto de mi símil desayuno, o la aeromoza de azul oscuro que está al frente mío, o el extranjero que aún está en el piso durmiendo; ¿notan que estoy ansioso por ver ese avión?. No paro de ver cada dos minutos el reloj, no puedo contener los pies quietos. ¿Porqué demora tanto su vuelo?, ¿Dónde está el bendito 280?.

Otro avión llega, carretea y tampoco es. Voy a hacer un chance con el 280. Tengo abrazos, palabras, caricias y noches sin dormir en canje. La sala de espera se está llenando de a pocos, más gente llega a los ventanales para ver los aviones. Una hermosa niña le pregunta a su mamá (supongo), si en ese avión viene su hermanito. Ella le responde con esa dulce mirada que solo despierta un niño cuando hace aquellas preguntas que mueven el alma y nos hacen preguntarnos si en verdad, esos enanitos, son ángeles.

Escribo un Te Amo gigante en una de las hojas de mi cuaderno. Lo he decidido, me parare al frente de la salida, levantándolo en alto, tal como hacen las grandes empresas con sus ejecutivos. No me importa ser un romántico ridículo y cursi, con tal de sacar una sonrisa de sus labios y ver ese brillo en sus ojos que me enamoró.

Otro avión rojo y blanco. No noto bien el número, tengo un rayón en las gafas. ¡Ese és! ¡Llegó!. Me voy con paso apresurado a donde arriban los vuelos internacionales. Me cuelo por una de las entradas, pero un celador me descubre y amablemente me invita a salir a las afueras del aeropuerto, donde llegan los vuelos internacionales. Me disculpó a lo Homero Simpson, diciendo que es mi primera vez allí.

Me situó al frente de esa gran puerta de vidrio. La espera se vuelve perturbadora. Quiero abrazarla y no soltarla nunca. Tengo listo el aviso artesanal de amorosa bienvenida listo y en el aire. Veo la gente con sus maletas de rueditas salir, no la veo. Las famosas mariposas en el estómago aparecen. Me siento inquieto, no la veo… No llega. Limpio mis gafas, como si eso ayudara a verla más pronto, terminó y subo rápidamente mi aviso con la culpa de haberlo bajado por un par de segundos. De pronto siento que alguien me abraza por la espalda. Es ella, con su dulce cabello oscuro, sus ojos de plata y su tranquilizadora sonrisa. Yo, me equivoque de puerta… otra vez.

Un Beso en la Lluvia

La música de nuevo en los oidos, Monserrate estaba parcialmente cubierto, como diria el Master Colombiano en Metereologia Max Enriquez. Yo esperaba, ya me acostumbre a esperar... La verdad, no me molesta, se vuelve una especie de preambulo para un gran momento.

Ella llego, venia azul. Su cabello serpenteaba con el viento y su sonrisa aparecio como un milagro cuando me reconocio. La abrace, la bese y rei. Caminamos como lo hacen los aventureros, conociendo, explorando... conociendonos, explorandonos.


Los locos en la calle, imagine. -Busquemos las luces-, y caminamos con un rumbo comun. El hombre cuentero nos hizo reir y nos dio un pretexto para mantenernos abrazados como un solo especimen raro, de esos que uno ve en la calle para suspirar. Entre nogmos, hadas, luces, personas y uno que otro demonio por ahi haciendo de las suyas, comence a reir por dentro, y a ver su luz blanca.


Los estallidos en el cielo comenzaron, e instintivamente, a girar nuestros rostros al cielo. Caminamos con los ojos en las estrellas ocultas por las nubes, no era negro era gris.


La gente parecia un rio, perfecta noche de diciembre en Bogota. Saludo va, saludo viene. Caminamos jugueteando por las calles, como niños jugabamos entre los dos, corrimos, saltamos, cantamos, y como no tan niños, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos.


Todo fue mistico. El marco mas que ideal.. Velas encendidas en el piso, arboles de navidad a nuestro alrededor, el rocio que comenzo a aparecer y la arquitectura colonial, oscura, misteriosa y bella. Yo cante, nunca puedo quedarme callado, y bailamos un bolero a mi voz. No importo nada, la lluvia comenzo a aparecer, la gente para nosotros desaparecio, eramos dos en ese universo, un solo abrazo, una sola voz, una sola risa.


Caminamos mas. La lluvia se incremento. Comenzamos a empaparnos. Levante el rostro para sentir las gotas de lluvia en mi piel. Eran las lagrimas de la alegria de Dios. Baje mi rostro y ahi estaba ella con su cabello partido por la lluvia, sonriendo, encantandome con el marco de sus ojos, me acerque y la bese.


Un beso azul. Eso, un beso azul. Las gotas de lluvia comenzaron a inundar nuestros rostros, pero era imposible detenerse. Hubiera sido sacrilego hacerlo. La bese, la bese, la bese. Me beso, me beso, me beso. Las gotas caian aun mas fuerte por todo nuestro rostro y se confudian con nuestro beso, con nuestro momento perfecto. El cielo no estaba triste, fue gentil y nos regalo lo que faltaba para vivir un momento, un momento que solo se puede vivir con alguien que vuela. Y en eso, si soy irreductible.

Amor a la Muerte

El reloj comenzó a sonar y dieron las 10:00 p.m. exactamente. Diana miraba fijamente a Doña Stela. Su miraba era una combinación de odio, pesar, lástima y amor. Lo miraba fijamente, como si quisiera gritarle en silencio todo el dolor que llevaba adentro y la soldad que le carcomía el alma, pero simplemente soltó una pequeña risa.

- Irónico, no es verdad, esperando un momento, de esos que vemos tan lejanos, de esos que no queremos que llegue, pero antes anhelábamos otros momentos, algunos que fueran eternos – dijo Diana, soltando a la vez un risa suave pero fuerte a la vez.

- Nunca debió llegar a esto, todo esto es una locura – le replico Doña Stela.

- ¿Locura?, Locura es perder el amor dos veces. Déjeme decirle señora, que usted no sabe que es eso – le grito Diana en medio del desespero que sacaba a la luz su estado de paranoia.

- Usted me quito a lo que mas quería. Me quito a mi hijo – le replicó llorando Doña Stela.

Diana se paro de repente, comenzó a correr, a gritar, a romper cuanto objeto encontraba frente a ella. Empezó a golpear la pared hasta que sus manos sangraron, se volteó y se sentó en el suelo. Sus recuerdos comenzaron a florecer, esos recuerdos que la habían llevado al punto sin retorno en donde se encontraba, esperando que llegara la dama blanca, la muerte.

Sus recuerdos hicieron un paso fugaz por el día de su boda, su luna de miel y llegó a ese maldito día en el centro de su querida Bogotá. Esa mano entrelazada era parte de su piel así como el calor que emergía de ella, aún Diana lo sentía como propio.

Esa mano que iba caminando con ella esa tarde palideció cuando iban atravesando la Carrera Séptima cerca al Banco de la República, y pasó ese carro fantasma que le arrancó los sueños. Esos carros que pasan sin pensar en la realidad, sólo con el acelerador a fondo, sin pensar en vidas, sólo en un momento de adrenalina, o tal vez afán o tal vez poder. Esos autos cobardes que matan y huyen. Esos autos, como ese, que hicieron volar por los aires el cuerpo de su amado, cayendo con los brazos al reverso del alma y la casa ensangrentada. Esos carros que sin más ni más, la dejaron llena de amor hacia un cadáver.

Su recuerdos la llevaron al día del entierro de su recién esposo. Sus lágrimas se confundían con la lluvia que rociaba el ataúd de su amado, y ella aún preguntándose, el porque Dios le dejaba pasar por esa situación.

- ¡Yo lo amaba! – le gritó Diana, en medio de un llanto a Doña Stela. -¿Usted que sabe del perder un amor?, creer toda una eternidad feliz para un desgraciado sin control en un carro se lo lleve en un instante. ¡Dígame! ¿Qué sabe usted? – le gritó Diana. Doña Stela tan sólo pudo bajar la cabeza y comenzar a llorar.

El reloj marcó las 10:30 p.m. de la noche, la misma hora que meses atrás Diana conoció a Rubén. Esa noche ella estaba dispuesta a saltar de un puente de la Autopista Norte para unirse a su eterno amor, donde, según sus planes, caería e inconsciente un Transmilenio la mataría. Pero a esa hora, un hombre de apariencia agradable, sin más señas de galán que cualquier otro hombre común, le salvó la vida. Su nombre, Rubén. Un hombre que con su mirada, le hacía recordar a su esposo, lo que lo hacía aún mas atractivo a los ojos de Diana.

Rubén habló esa noche con ella, la calmó y después de ayudarla, intentó seguir su camino. A lo que Diana le dijo:

- ¿Nos podemos volver a ver? –

- Claro, mi celular es 310 205 8768, llámame a cualquier hora, voy a estar esperando tu llamada – le respondió Rubén, que vio en Diana a una mujer que gritaba amor en sus ojos.

Al día siguiente, Diana llamó a Rubén y se vieron esa noche, y la siguiente, y la siguiente a esa, y así, al conocerse uno al otro se enamoraron. Se enamoraron con ese amor de locura, que a los pocos meses decidieron casarse.

Esa fue la nueva perdición de Diana, el casarse por segunda vez. La cabeza de Diana estaba perdida entre mil pensamientos, cada día más confusa, pero su locura absoluta fueron las palabras de Rubén tres días antes de casarse.

- Amor, antes que nos casemos, tengo que contarte algo de mi que no sabes, y en verdad, se que entre nosotros no deben existir secretos – le dijo

- ¿Qué sucede? No me asustes – le contesto Diana extrañada.

- Es que… no se ni cómo decírtelo… hace tiempo, una tarde, mi hermano me había prestado su nuevo carro para dar una vuelta, la adrenalina se me subió a la cabeza y me fui como un loco por la calles. Cuando pasaba por la Séptima, frente al Banco de la República, atropellé a un hombre. El iba con alguien, una mujer. Yo sentí demasiado miedo, el carro no era mío, iba mucho más rápido de lo permitido. Fue tanto mi miedo que seguí de largo. La cabeza aún me da vueltas con esa imagen, de ese hombre volando encima del parabrisas. Yo creo que lo maté, y te juro que…

- No sólo lo mataste a él – lo interrumpió intempestivamente Diana – Me mataste a mi también. Mataste mis sueños, mi alegría de vivir, mi todo – le replicó. Rubén la miraba extrañado, no entendía sus palabras - ¡Esa mujer que vio como el amor de su vida voló por los aires y cayó con un bulto en el piso, era yo! – le gritó Diana.

Rubén se llevo las manos a la cabeza. La miraba y repetía una y otra vez: “no puede ser”.

- Lo más duro de todo esto Rubén, es que tú me diste la paz. Lo más duro de todo esto es que te amo – le dije Diana con más serenidad.

Rubén no sabía que decir. Diana lo miraba con extraña mezcla de odio y amor. No sabia que hacer. Los dos se fueron al apartamento de Diana, durante todo el trayecto no emitieron palabra alguna. Al llegar al apartamento, Rubén se fue a dormir. Diana se sentó frente a la ventana sin decir palabra alguna, como si su cabeza no estuviera con ella.

Después de un rato se levantó, fue a la cocina, cogió un cuchillo, se dirigió al cuarto y apuñaleo a Rubén sin piedad mientras dormía. Al ver el cuerpo de Rubén tirado en la cama lleno de sangre, salió de su ojo derecho una lágrima y se alejó despacio de el. Se dirigió a la cocina nuevamente, cogió un frasco de veneno para ratos y salió del apartamento.

A la media hora lleno a la casa de su suegra, Doña Stela. Diana llegó con los ojos llenos de lágrimas. Doña Stela le preguntó que le había pasado. Diana sólo atinó a decir que ya no se iba a casar con Rubén.

- Siga mijita, venga y se toma un tintico – le dijo Doña Stela.

- Gracias Doña Stela, pero déjeme yo lo preparo, es que me da pena ponerle problema – le contestó Diana.

Diana se dirigió a la cocina, preparó dos tintos y les aplico 10 gotas de veneno para rata a cada uno. Se dirigió a donde estaba Doña Stela y se lo dio a beber. Faltaban trece minutos para que fueran las diez de la noche.

- Cuénteme Mijita, porque ya no se va a casar con Rubencito – le dijo en voz amigable Doña Stela.

- Porque lo mate Doña Stela. Su hijo mató a mi primer esposo y supongo que usted lo sabía. Usted señora, acaba de tomar veneno para ratas en ese tinto. No se preocupe yo también lo tomé, porque sin amor, esta vida de mierda no vale la pena vivirla. Nos queda aproximadamente dos horas señora – concluyó Diana y todo quedó en silencio.

El latido de Doña Stela ya era débil, casi inexistente. Los llantos de Diana aún se escuchaban, aunque suaves, se escuchaban. El reloj dio las doce de la noche.

Retrato de un adios

Sus ojos miraban al suelo, sin saber que decir. Anhelaba la palabra perfecta, aquella palabra que entrara en los tantos poemas que escribio en su corazon para enamorar los momentos que serian eternos.

- Es mejor dejar las cosas asi - dijo ella. Su corazon se enloquecio. Gritaba los improperios del adios. Sus sueños caian al suelo, se culpo mas de lo que debia, cargo en su espalda la cruz del adios. Pero el orgullo asomo por la ventana del alma y acepto la decision con franqueza y resignacion.


Comenzo a pasar el tiempo que antecedia el dolor, la soledad volvio a la vieja cama color madera. Su soledad, su absurda soledad infinita del tiempo de los cerezos. Ella volvia cada noche, y el solo la observaba con el amor que aun quedaba, con las ganas de abrazarla, de amarla para siempre, de nunca decir adios. El humano es absurdo, trago sus penas y canto.


Recogio sus recuerdos, partio con el alma y una nueva pero vieja compañera, la melancolia. Ella no estuvo. Nunca estuvo. Sus pasos llegaron a su pasado, a los instantes de risas locas, de improperios absurdos, de la famosa utopia del amar.


Sus ojos no se cerraban en la noche. Los versos infinitos comenzaron a surgir como latigos del flagelo. Porque? Porque gritaba desesperado hundido en un rincon, con mas cigarrillos que ganas de vivir, con tan poca voluntad como para escribir poema de desamor.


El espacio vacio de su cama se convirtio en el mostruo literario de su dolor. El Te Amo escrito en la pared. El beso bajo la lluvia. El primer y perfecto beso. Su voz de lira. La cancion de amor escondida que nunca canto. Sin versos, sin inspiracion vivia sus noches, con las malditas agonias de los pasos recorridos, de la cotidianidad que mata el alma cuando aparece el nudo en la garganta.


- Se acabo para siempre- dijo ella, con la frialdad del amor olvidado, como si los recuerdos no mataran, como si la vida no existiera, como si sus besos nunca hubieran dejado huella, como si todo hubiera acabo con la decision de no amar al decir adios, como si nunca lo hubiera nombrado a el, ojos de otoño.


Ahora el llora en las noches entre palabras sin sentido, el recorre las calles con mas tristezas que conciencia, baila en sus sueños con aquella mujer. Aquella mujer, que olvido, que alguna vez alguien, solo queria verla sonreir despues de comer.

En la noche

El decía que no debía hacerlo, pero la terquedad era símbolo de mi vida; el sentir sin pensar en consecuencias era mi forma de vivir más de cien años. Yo esperaba que ella llegara, me cobijaba la sombra gótica de una iglesia, eran las seis de la tarde cuando comencé a notarme cobarde para comenzar a reflexionar que no debía estar allí. Sin embargo, esperé. Cigarrillo tras cigarrillo cobijaron mi espera, en mi mente fabricaba las tonterías que no debía decir pero que naturalmente terminaría diciendo. Ella llegó volando entre el cemento de las calles grises. Venía de blanco y su cabello negro enmarcaba su rostro como una perfecta fotografía. El viento ondeaba su cabello, su pequeña altura la hacia tierna. La ví venir y la imagine con alas. Era tan hermosa que no note que llevaba media hora más de lo planeado esperándola.

Solo sonrió y me abrazo. No pude negar la disculpa ante tal acto de fina vanidad.

- ¿Un café? – dije yo, huyendo de perderme en sus ojos.

- Está bien – respondió ella con la frialdad de la seguridad del olvido.

Mire a mi alrededor buscando el lugar donde podría claudicar mi orgullo. Me aproxime a él pero me arrepentí.

- ¿Una cerveza? – salió de mi como un grito de alma.

- No quiero licor – dijo ella cortante, tal vez conociendo el efecto de la sinceridad del alcohol. Yo asentí con resignación.

Caminaba de nuevo al café y ella retuvo mi brazo y dijo la frase falsa de un borracho: - Solo una. ¿Quieres escuchar música o vamos a bailar? – Agregó dándome a escoger el marco de nuestro furtivo encuentro.

Mire la luna que solía refutarme y enseñarme lo estúpido que puedo llegar a ser a veces. Me confesé: - Vamos a hablar -.

El bar era pequeño con aires musicales, dos guitarras colgaban en las paredes y las mesas estaban en dos filas. Eran mesas para dos. El color era levemente oscuro y naranja, lo que hacía que ella tomará un leve color dorado en su piel. Nuestra mesa era una antigua máquina de coser que permitía jugar con los pies en un vaivén. Estaba en un rincón, tal vez era la mesa de los amantes pensé yo; aunque el marco era un poco más nostálgico con la luz de la vela que se reflejaba en sus ojos.

Había dos cervezas sobre la mesa. Un cigarro en mi mano que rápidamente se agotaba con mi inquietud.

- ¿Cómo lo hiciste? – dije después de tomar un gran sorbo y un gran respiro.

- ¿Cómo hice que? – respondió ella.

- Olvidarme. ¿Cómo lo hiciste? – agregué a mi pregunta cruel.

Ella mi miró a los ojos. ¡Que bellos eran! Tomó un suspiro y exhaló para hablar mientras yo esperaba su dura respuesta.

- No se – dijo. No se porque pero esperaba esa respuesta. De ella solo esperaba eso, inseguridad. - Porque no siento que te haya olvidado, el verdadero amor nunca se olvida. – Agregó ella y mis oídos sorprendidos no creían lo que escuchaban.

Yo tomé un lapso de valentía y me lancé rápido pero sutilmente a completar su frase con un beso, pero mi torpe humanidad chocó con la cerveza que cayó en el instante, convirtiendo el momento sincero en burla. Reímos de mi torpeza y en ella se dibujó la sonrisa de la nostalgia después de un minuto de jocosidad. Me miró como solía hacerlo, yo sabía que en su cabeza estaban pasando mil ideas de lo que fue nuestra historia.

- Todo no sería así si estuviéramos juntos, ¿Por qué lo hiciste? – me dijo con un poco de rabia en el tono de su voz. Sus ojos comenzaron a humedecerse. Me comencé a sentir miserable.

- No era lo que quería, mi razón era la simple necesidad de no hacerte daño. Nunca te traicioné. – me defendía apresuradamente.

- Solo necesitaba paciencia, lloré como nunca volveré a llorar, eras mi mundo.

- En ese momento era lo mejor, ahora solo pienso que fue un acto de cobardía, te amaba demasiado para pagarte igual. Ahora tengo la voluntad que no tuve en ese momento para saber que lo podía superar.

- Ya es tarde – dijo ella y mis ideales cayeron al suelo como si la gravedad afectará las ilusiones.

Ella no me miraba. Su mirada yacía en el espacio del recuerdo. Sus ojos seguían siendo tan sinceros como siempre.

- Me regala otro cigarrillo por favor – levanté mi voz al mesero, quien se dirigió a mi y me extendió un cigarrillo. Tome tres.

Hubo un silencio de muerte sin embargo comencé a mirarla y a recordar lo que era besarla.

- ¡No! – exclamé, - Aun no es tarde. Tu no eres feliz, solo busco tu tranquilidad así no sea conmigo, no puedo verte así, aun te amo. – agregué con ímpetu. Ella solo me miró, sonrió y exhaló. Yo fumaba.

- No es tan fácil, nunca ha sido fácil, no es cuestión de amor, es cuestión de estabilidad y seguridad – se dirigió a mi nuevamente con la tranquilidad del olvido. Tuve miedo. En mi ingenuidad no sabía que pensar. Ella era confusa como siempre. – Son dos años. Dos años en donde todo a cambiado, lo mas importante, yo he cambiado, yo no soy la misma, mi realidad ha cambiado. – agregó.

- No importa, tu esencia es la misma. Yo quiero tu alma, quiero enredar mis manos en tu cabello de nuevo, quiero reír hasta más no poder, quiero sentir tu piel de nuevo con la mía, quiero amarte como antes, no te quiero amar más en silencio. – dije intentando, como siempre, dar un aire de esperanza a sus palabras aunque ella tenía razón. Quise besarla, abrazarla, no soltarla, no quería dejarla de nuevo - ¿Por qué lo hiciste? – dije con rabia - ¿Por qué te casaste? – dije colocando mi mano sobre mi frente quitándome el cabello que levemente tocaba mi frente.

- ¡Me casé amándote! – gritó y dirigió su rostro desafiante hacia mí. – El estuvo cuando te llevaste mi mundo, él calmo la pasión que dejaste, él cumplió mis caprichos, él secó las lagrimas que yo derrame por ti frente a él, él es un gran hombre, él me dio un hogar, él me dio tranquilidad, él… - En un impulso de dolor la tomé del rostro y bruscamente, acerqué sus labios los míos y a besé. Ella se resistía pero más fuerza yo hacía hasta que sus sentimientos afloraron y dejó que sus labios se perdieran con los míos.

Eran esos besos los que nos hacían adictos el uno al otro, era la inigualable manera de mover nuestros labios en perfecta coordinación. Nos olvidamos del mundo, de valores, de ética, de valores, eran solo nuestros labios y nuestros corazones latiendo como aquella primera vez que cruzamos una palabra.

Nos separamos lentamente, mientras nuestras frentes se juntaban, ella no retiraba sus manos de mi rostro. Me sentí culpable.

- Te amo – dije suavemente ella – nunca amare a nadie como a ti.- concluyo

- Yo también te amo. Dejaría de ser yo, si te dejará algún día de amar – le dije tiernamente. Separamos nuestros rostros con tristeza, como cuando dos amantes dicen adiós.

- Me regala dos cervezas, mas por favor – le dije al mesero. Mientras ese silencio de muerte volvía a aparecer. Mas de media cerveza, y tres cigarrillos nos tomaban sin decir nada, ella estaba inmensa en sus pensamientos como yo en los míos, pero compartiendo un sentimiento puro. Ví en sus ojos la alegría de nuevo y la culpa se extinguió.

De pronto, vi como en su hombro apareció una mano fuerte. Mire de arriba abajo y no lo podía comprender. Ella volteó levemente su rostro y lo vió. Sus ojos volvieron a ser tristes, la pequeña sonrisa que había quedado después del beso se esfumo.

- Hola – dijo el hombre detrás de ella.

- Hola amor – dijo ella, le dio un pequeño beso y el mundo se tiño de gris – Te presentó a mi mejor amigo – agregó dirigiéndose a mi.

- Mucho gusto – dijo él y estiró su mano hacia mí. Yo instintivamente estreche su mano con la fuerza de un caballero pero con la suavidad de la mentira. Sonreí hipócritamente. El acercó una silla y se sentó a su lado.

El miró a su alrededor, y después de un momento su aspecto cambio a ser un poco irritado. Y le dijo a ella un poco molestó:

- No me gusta este sitio, hay guitarras, con razón te gusta venir acá.

Entonces comprendí, que el no sabía que yo era su sombra.

Escrito en Enero de 2007

El Ausente


Y estoy aquí de nuevo, el mismo lugar bajo la misma luz, - dos sobres de azúcar por favor; no, cigarillo no, gracias hoy no debo fumar, hoy no debo verla.

Calculo diez vueltas al pitillito cortado a la mitad que lo nombran mezclador, siento la canela en el café y sale un poco del oscuro por el borde del pocillo, menos mal hay una servilleta debajo.

Miro la hora, pero saco mi celular con la excusa de ver el tiempo, pero anhelando ver una llamada perdida de ella, aun más insulso esfuerzo, dejo el celular encima de la mesa.

Acerco el pocillo a mis labios y tomo un pequeño sorbo del café caliente y descubro lo patético que llego a ser ocultando mi soledad en momentos agónicos con la excusa estúpida, excusa de aprender a vivir mi soltería. Iluso de mí, aunque noches eternas entre mujeres, besos apasionados y camas con huecos, ella está en mis frases, y aunque no la quise así, ella está en mi vida.

Pasa la ilusión de mi amigo y recuerdo sus palabras: Ella esta bien en este momento sin usted huevón, y ¿usted en lo único que piensa es en irse a componer? ¿a escribirle a ella? Parce, viva sin ella. Es duro pero a veces la gente tiene que alejarse porque todo terminó, porque fueron lastimados, porque lloraron traiciones, dolores, inseguridades, celos, y una que otra indiferencia. Yo me alejo porque no ha terminado, porque no ha comenzado, porque mis esfuerzos solo han alcanzado para recibir tres poemas escritos en mis libros de versos y un gracias por ser tan especial.

- ¿Me das otro místico por favor? alzo mi voz y alargo el momento. Como no salir a las calles si ella esta a tres cuadras con la imagen de siempre, camisa a rayas, pantalón de dril un poco caído, y su cabello recogido con una insulsa moña, si de suertes, si no con un lápiz a la manera china, enredando su cabello bicolor que cuando suelta hace un juego de olas en su cabeza enmarcando su sonrisa y sus ojos inmensos y cristalinos que no hablan.

Solo soy peligroso, -un cigarrillo por favor- pudo más mi nostalgia. Si mi amigo no llega voy a terminar saltando por las uvas. Arde la garganta, el cigarrillo me quema, me quema su ausencia. 5 meses de llenarme de ella y no tenerla, que digo 6 meses 6 absurdos, frenéticos y bellos meses, dulce crueldad, dulce pesadilla violeta, un libro y el deseo de abrazarla para no besarla.

Eou ti ammo - retumba en mi cabeza, el humo del cigarro cae en mi rostro ahogando mi respiración. Me regalas una cerveza por favor y me colocas un blues por favor . Hay muchas maneras de amar, ¡como te detesto mujer!. Son 3 canciones y muchos mas escritos, como este. La tos aparece de nuevo, el cigarrillo dolió, dolió su ausencia de fuerza frenética. Puedo ahogarme en Internet para rescatarme en ella, ver su sonrisa y sorpresa al verme, hoy me siento atractivo, hoy puedo perderme en ella.

No!, prefiero mil doscientos pesos, aún es tiempo del bus rojo.

Escrito en Julio de 2006

¿Porqué un blues?

De esas noches típicas después de un toque. La noche del café, de esas noches en las que después de bajar del escenario, se acerca una chica de blusa pequeña, cabello liso y rubio y aliento a cerveza y nicotina, de esas chicas que te felicita por como tocas y después te da su teléfono para conocerte mejor.

Esas noches de café, en el sitio de siempre, el Mundo Místico. Ella me asaltó en la ansiedad con la pregunta que odio responder: ¿Por qué el hombre azul?

Creo que mi rostro dibujo la incomodidad de la pregunta y solo atiné a responder: "Es algo demasiado personal, aun llevo mucho de ese azul".

Mis frases no la llenaron claramente y tan solo insistió de una forma inteligente: ¿porqué un blues?. Entendí, como dice mi amigo del viento, que tal vez ella me llevaba 6 libros de ventaja. En ese momento llegó el café y el rito al colocarlo sobre la mesa. Primero la servilleta, luego el café en el pocillo de icopor grabado y los sobrecitos de azúcar. Yo creí que escapaba a la pregunta pero ella insistió: ¿Por qué es un blues?

Prendí mi cigarrillo y comencé mi discurso:

Todo comenzó cuando tenía como 17 años, yo tenía alguna sensibilización con la música pero todo eran notas rápidas, ropa negra y voces guturales. En esa época murió mi hermana, que más que mi hermana fue mi madre. El dolor de la muerte en la adolescencia es casi insoportable y el echo de enfrentarla solo era más fuerte aun. Una de esas tardes, más bien mediodia, escuche en la radio a una voz femenina que contaba la historia de un blues, Tears in Heaven de Eric Clapton. Mi inglés no era muy bueno, realmente nunca lo ha sido, pero mi ser sentí cada frase y cada nota como si Clapton hubiera entendido ese dolor mortal, realmente lo sentía.

Comencé a investigar sobre el blues, y después de prácticamente comerme 4 libros de blues en la sala de música de la Luis Ángel Arango, entendí porque el blues era tan nostálgico y aprendí como se hacia, al comienzo como todos los músicos, me pareció demasiado sencillo de hacer (craso error), I-IV-V, gran fórmula.

Al llegar a casa, me senté, me enfrenté a mi guitarra e hice mi primer blues, era tan fácil llorar mientras intentaba cantar. Al acabar comprendí a Hendrix: Es tan fácil hacerlo pero tan difícil sentirlo".

Esa música me ayudo a liberar pesares y gritar dolores. Desde esa época sentí el blues. Todo después fue un proceso, el amor, la soledad, encontrar en mis ídolos, Calamaro, Fito, Sabina y hasta en Bunbury, notas azules.

Todo nostalgia hasta el momento de interiorizar la sensualidad de este ritmo. No hay nada tan seductor como ver a una mujer bailar un blues, más sensual e inspirador aún besar y amar a una mujer en una cama con un blues de fondo en el ambiente. Reconocí en un escenario la fuerza de un rock and roll con la formula azul. Había que ver a la gente enloquecer cuando la famosa pentatónica mayor aparecía a grandes tiempos. Había que ver a la gente cuando la pentatónica menor hacia levantar más cervezas en las mesas y aparecer lagrimas en los ojos.

Para entender un blues debes sentir sus notas, debes tener la capacidad de pararte en una mesa y moverte sin sentido, para sentir un blues debes comprender que es caminar tres horas de bar en bar buscando toques y que generalmente te digan que no porque no tocas tropipop, debes saber que es un desamor, debes saber que es salir de un bar con solo lo del bus de ida y llegar al otro día a trabajar con el recuerdo de una buena noche, debes sentir el sabor de los negros en la sangre, debes entender el erotismo de las caricias al hacer el amor, debes comprender que hay muchos músicos mejores que tu tocando en este momento; para sentir un blues has de vivir la vida sin desaprovechar instantes y sonreír después del golpes porque la próxima canción será mejor y más sincera.

- Entonces el blues es tan complicado como amar. Muchos dicen hacerlo pero pocos lo sienten – concluyo ella.

Escrito en Junio de 2007